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Suavizando la Tercera Edad

March 17, 2009

Recién observaba algo un poco extraño. Cada vez que me encuentro con alguien no visto por años, dice “Virgilio, nunca has lucido mejor. Nunca has lucido mejor.” Luego, pienso en esta declaración, y caigo en la cuenta de que hay tres etapas en la vida, a saber, la juventud, la mediana edad y “Nunca has lucido mejor.”

Esta gente quiere hablar bien. Probablemente lo que piensa es que “Tú no pareces mal para un hombre de tu edad.” Afirma lo positivo. El objetivo de esta discurso es, primero hacer comentarios generales sobre la tercera edad. Segundo, mencionaré lo que es nuestra irritación o molestia primaria. Tercero, esbozaré maneras de obtener más satisfacción y deleite en estos años titulados dorados.

Pregunte a un chico el número de años que tiene, y a lo mejor responde “Nueve para diez.” Quiere envejecer cuanto antes. Cree que los adultos están afortunados. Haga la misma pregunta a un hombre maduro. Si contesta, puede decir “59,” por ejemplo. Es inverosímil que agregue “60.” No tiene ningún interés en acumular años

Una dama se encontró con el novelista francés Alejandro Dumas. No le había visto por mucho tiempo. Dijo “Mi amigo, veo que también tú has envejecido. Replicó. “¿Y por qué no? Paso todo mi tiempo haciéndolo.” Bien se sabe que es imposible controlar este proceso implacable. Ojalá que pudiéramos demorar, darle vacaciones o dejarlo en suspenso un rato. Como que eso es imposible, hay que aguantarlo.

En este discurso no habrá indicaciones de envejecimiento de las mujeres, pero un indicio para un hombre es la noche en que llegue a su casa muy tarde, y su esposa no está sospechosa. El hombre, sin embargo, intuye que la tercera edad ha sobrevenido.

En otra ocasión está con un grupo de personas de varias edades. Una damisela suspira y dice “!Oh,! tengo ganas de viajar por España por un mes, pero no sé si deba hacerlo.” Otra persona interpone ¡Hágalo! Es joven sólo una vez. Pronto el hombre viejo cercano grita “¿Cuándo era eso?” El pobre no recuerda su junventud tan remota.

Santa Claus es la guía para indicar fases en la tercera edad de los varones americanos. En la primera fase cree en Santa Claus. En la segunda ya no cree en Santa Claus. En la tercera es Santa Claus, y en la cuarta parece como Santa Claus.

Al llegar a la edad de parecerse a Santa Claus, emprende cuatro etapas más. En la primera se olvida de nombres. En la segundo se olvida de las caras. En la tercera se olvida de bajar la cremallera, y en la cuarta se olvida de subir la cremallera.

Calamitoso, sí, pero aún más catastrófico es el día en que el viejo abra su librito negro con sólo descubrir nombres y teléfonos de médicos. Los de la tercera edad y los doctores tienen una relación simbiótica. Cada uno se necesita del otro. Es como la abeja y la flor. Esta requiere la abeja que esparce polen que la fertiliza. La abeja necesita la flor para sorber néctar de que hace miel. Se refiere a este contacto en la canción de antaño que reza “El amor y el casamiento, el amor y el casamiento van juntos como el caballo y el carruaje.” En fin son simbióticos.

Yo he tenido mi parte con doctores. Por un rato había tantos que creía que podría ganar una entrada en el Libro de Historiales de Guiness. Luego, la esposa de mi primo en Arizona relató que durante la enfermedad de él empleaban 35 doctores. Al menos, recibieron cuentas de 35.

El tema de médicos tanto domina mis pensamientos que al cambiar el reciente mes en un libro de fechas no ví escrita una cita con un médico y empezaba a sentirme delicado. Esto no es normal. ¿Qué ha pasado? ¿Olvidé notar una cita? ¿Es posible que esté enfermo y no lo sienta? Estaba angustiado y después de horas de preocupación fui a las páginas amarillas en busca de la sección de medicina. Descubrí a un doctor, y llamé a su despacho. A la recepcionista que contestó le dije “Quisiera tener una cita.” Ella replicó “No podemos verle por un mes.” Contesté “Podría estar muerto entonces.” “No importa,”me replicó. “Siempre puede cancelar la cita.”

Al oír este sarcasmo, acudía a las páginas amarillas para buscar a un médico accesible. La faena, sin embargo, me parecía confusa y fútil. Más bien, llamé a mi internista regular que a lo mejor se cansa de verme frecuentemente. De todos modos, conseguí una cita. Le recitaba la litanía acostumbrada de quejas y temores. Finalmente, me miró y dijo. “Virgilio, no puedo hacerle joven.” Contesté, “Pero, doctor, no quiero hacerme joven. Simplemente quiero continuar envejeciéndome.” Lector, ¿no es eso el deseo de cada viejo?  Si es imposible asumir la hermosura de la juventud, a lo mejor quiere seguir viviendo las años que pasan.

Obviamente, tenía que ponderar mi fijación en las dolencias verdaderas o imaginarias. Prestamente recordaba a un amigo con las mismas actitudes. Todos conceden que es un hipocondríaco. Se queja constantemente de sus síntomas en gran parte imaginados.

Le vi hace poco. Dijo que empieza a jugar al golf. Le pregunté, “¿Tú juegas al golf para obtener ejercicio y así mejorar tu salud? “No,” respondió, “quiero poder ver a un médico las tardes del viernes.” No es sorprendente que tenga a un nieto que se parezca. Este muchacho amenza escaparse de su casa pero no saldrá sin tener todas las recetas preparadas. No va a arriesgarse a problemas médicos en su fuga.

En serio tengo que confesar que me hacía como mi amigo y su nieto. Luego vino a mi mente la letra de una canción popular de hace 60 años, “Acentúa lo positivo y elimina lo negativo.”A lo mejor Vds son como muchos que creen que hay poco de lo positivo en sus vidas. Por favor, piensen un momento. Todos nosotros hemos vivido un cierto número de años. Hemos alcanzado nuestra edad presente. Ahora, piensen un poco más. Todos conocemos a personas en la familia o en otro lugar que no haya alcanzado nuestra edad. Eso es un logro que por si mismo merece gratitud, una actitud universal. En 44 AC el famoso Cicerón declaró que la gratitud es lo más grande de todas las virtudes. De veras es el padre del resto. Un pastor que conocía hace mucho tiempo mantenía que gente agradecida es gente feliz.

Hace unos años había una encuesta entre personas que en verdad se certificaron agradecidas. El resultado mostró que este grupo es más gozoso, más sano, menos sometido a tensión, más optimista, y más propenso a ayudar a otros.

¿Es difícil fomentar gratitud? Hay métodos para hacerla. Se debe formar un sistema que parece tramado pero que puede adiestrar al cerebro para pensar en las buenas cosas de la vida en vez de las desilusiones que perturben a todos. Para fijar los pensamientos de gratitud, la persona debe habituarse a registrar bendiciones regularmente. Por ejemplo, puede hacer como una señora que conozco. Cada mañana cuando cambia la hoja del calendario en su escritorio, escribe una gracia en la parte superior. En el día de nuestra conversacíón escribió “luz del sol.” Claro que cada ser viviente debe agradercerse de esta fuerza de vida. Algunos consejeros, por otra parte, recomiendan escribir de cuatro or cinco bendiciones cada semana. El propósito de todo eso es aumentar el optimismo y sojuzgar el pesimismo. Si la mente se concentra en lo bueno, no tiene oportunidad de obsesionarse con lo malo. El desenlace es un humano más contento.

Junto con la gratitud hay tres palabras empezando con la letra “M” que pueden guiarnos a un futuro más beneficioso.

La primera es músculo, pero también moción or movimiento sirven. En fin, ejercicio. Hoy en día es imposible hojear lun periódico o revista o mirar el televisor sin hallar información sobre las utilidades de ejercicio. Hace pocos años el titlular de un artículo en una publicación mensual para gente más allá de 50 años. Rezaba “No Busque la Fuente de Juventud. Ya la tiene.” Obviamente no es la fuente que encantaba a Ponce de León en la Florida en los años de 1500. Más bien, la fuente es el ejercicio, y la persona madura, si no está segura de su salud, debe consultar a su médico antes de emprender un programa vigoroso,

Hace un par de años el profesor de cirugía en la Universidad Yale opinaba que de veras los viejos deben tomar sus medicinas, pero el objeto mayor de cada persona es evitar fragilidad o debilidad. Por envejecer perdemos 50% de nuestra fuerza juvenil. Por lo tanto hay que esforzarse en mantener los músculos y sistema cardiovascular y mejorarlos. Después de todo, hay jóvenes que sufren las mismas dolencias, pero tienen fuerza física para realizar una rutina normal. Numerosos viejos pueden hacer lo mismo y evadir quizás una silla de ruedas, un andador o muletas.

Una amiga me habló de un discurso dado en Dallas por una terapista física en un centro para gente madura. Citó un estudio de un grupo de hombres y mujeres de 70 años y más. Los examinaron para determinar el porcentaje que podían levantar pesas de diez libras. Descubrieron que 25% de los hombres no podían alzar diez libras, y 75% de las mujeres no podían levantar esa pesa. No se sabe si los que no pudieron hacerlo se consideran débiles, pero sin duda deben emprender una rutina física para aumentar su potencia.

Hemos oído mucho de las ventajas de ejercicio. Aumenta la musculatura, y extiende la capacidad del corazón y pulmones. Hay evidencia que detiene ciertos cánceres.

Hay, sin embargo, otra bendición. El ejercicio estimula la secreción de “endorfin” en el cerebro que cambia el humor de la persona. Este elimina o reduce la depresión que aflige a todos de vez en cuando. Endorfin, una palabra inglesa, se forma de la palabra “endógeno” que significa engendrado dentro y morfina. De todos modos, el cuerpo fabrica un tipo de anagélsico natural que es legal y que no crea hábito o vicio.

En 1919 el Presidente Wilson sufría un ataque de su depresión acostumbrada al bordo del tren camino al oeste. Al hacer una escala en Denver su médico le acompañó en un paseo rápido en el andén de la estación. Cuando la depresión se alivió, el tren seguía.

A lo mejor cada persona aquí ha sentido alivio de melancolía después de ejercitación vigorosa. Hay días cuando me siento melancólico, y al concluir 30 minutos de nadar el optimismo regresa, y estoy listo para lo que venga.

El tipo de ejercicio debe conformar con el físico y aptitudes del individuo. El golf es una opción agradable para algunos. Hace mucho jugaba golf. Un día fui al campo para jugar, y un hombre de 85 años allá pedía servir de caddy. Le miré, y le dije que no tenía la fuerza de llevar un saco pesado de palos. Más bien, podía ser un caddy de cuidado. Eso es podía observar la pelota y gritar “cuidado” en caso de que fuera a pegar a otro jugador delante. Asimismo podía determinar donde está en caso de que yo la pierda. Le pregunté “¿Cómo es su visión?” Me replicó. “Espléndido a 20-20.” Pegué la pelota, y la perdí de vista. Le grité. “¿Vió la pelota?” Contestó. “Si, Sr.” Luego, le pegunté, “¿Adónde fue?” Con mortificación respondió. “Lo olvido.”

Vale considerar la segunda “M” que significa “mente.” Entre 1920 y 2006 se creía que el ejercicio mental construye materia gris en la misma manera que el ejercicio muscular fabrica tejido corporal. Luego, investigación completa desmintió esa opinión. Ni el estudio intenso, ni acertijos, rompecabezas o crucigramas aumentan la potencia cerebral. Sin embargo, actividad mental es valiosa porque afila el proceso de pensar. Triunfos o logros ocasionales aumenta estima propia que resulta en emociones de bienestar.

¿Cuáles son las actividades mentales más provechosas? Un ejemplo burlesco se da por un incidente en un centro de gente de la tercera edad. Una tarde entré en uno para buscar a un amigo. En el vestíbulo vi a un viejo muy cerca de una empleada joven y bonita. El susurraba algo en los oídos de la muchacha que dió una vuelta para echarle atrás. Y gritó, “Tú tienes interés en una sola cosa.” Luego, tenía que decirle a su romeo supuesto lo que era.

Aunque la imaginación sea una actividad mental, hay otros ejercicios recomendados por expertos. Hace años un neurólogo sugirió tres. El bridge es un juego de cartas muy intricado. El jugador sesudo siempre está pensando.

Emplea observación aguda. Su memoria se esfuerza por recordar las ofertas y acciones de la competición. Puede pasar por una prueba mental.

El médico asimismo sugirió el estudio de lenguas. Como estudiante de castellano su servidor entiende bien la actividad mental necessaria para aprender los muchos puntos de gramática así como las terminaciones de verbos. Además, hay un vocabulario nuevo que memorizar

La música era la tercera sugerencia. De experiencia personal sé el trabajo esencial cuando el músico está al piano. Ve las notas en la música y mentalmente las traslada a los dedos que por presunción tocan las teclas correspondientes. Hay más. Al mismo tiempo hay que realizar las direciones de otras marcas or símbolos en la hoja. ¡Qúe labor! Si el músico concentra como debe, no tendrá tiempo para preocupaciones o molestias.

Hace poco leí que había un estudio de las personalidades que han alcanzado la edad of cien años y más. Un número sorprendente de esos centenarios hablanban una segunda lengua y tocaban un instrumento musical.

Claro que hay otros estimúlos intelectuales. Los crucigramas son deseables y dan entrenamiento al cerebro. No pasen por alto la lectura de libros especialmente los de cierta dificultad que estira el proceso mental. Todos reconocen que la computadora puede estimular la mente. Hace once años compré tal artefacto. ¡Cambió mi vida! ¡La acortó!,

Las sugerencias previas son las ideas de otros. Yo aventuro la mía. ¿No estimula el cerebro el acto de apuntar palabras en el papel? En la composición tenemos que considerar las palabras apropiadas, la puntuación y comprensión del lector. Buena escritura exige mucho empeño, y de ese modo activamos el proceso mental.

La tercera “M”, y tal vez la más importante, es mezclar o mezcla indicando sociabilidad. Recalca la indispensabilidad de frecuente contacto humano y el rechazo de la soledad excesiva.

Sabiendo eso, un día decidí visitar a un amigo algo anciano. Entré en su casa y al acercarle percibí algo en el oído. Al identificarlo le dije “Vd tiene un supositorio en el oído.” “Oh,” exclamó, “Ahora sé donde coloqué un audífono.”

Hace varios años había una encuesta de personas de todas edades en cuanto a la incidencia de catarros e influenza. Investigaron a los que participaban en rutinas activas y pasaban mucho tiempo en lugares públicos y los que llevaba vidas solitarias sin mucha interacción humana. Los resultados fueron insospechados. Al contrario de lo supuesto, las personas que se mezclaban con otros sufrían menos catarros e influenza que los que se quedaban encerrados en sus casas. Entonces no sabían la razón de este desenlace extraño aunque sospechaban que tenía algo que ver con el sistema inmune. Hace poco eso fue confirmado. El bienestar generado por sociabilidad da fuerza al cuerpo para resistir la invasión de virus y bacterias que se encuentran con un cuerpo lleno de inmunidad alta, y así no pueden hacer su devastación.

Parece que los pobladores de la isla japonesa de Okinawa viven más tiempo que otros pueblos. Hay un número desproporcionado de centenarios. Se supone que la razón es la profundidad de su sociabildad. Tienen un dicho: “No se puede vivir sin el sostén de otros.” Su énfasis en la mezcla o contacto humano se revela en dos asociaciones: “Reuniones para un propósito común” y “Círculos conectivos.”

El autor del artículo que presentaba esta información mantenía que es imposible transmitir a un occidental el significado verdadero de estas declaraciones. La estructura social de los okinawenses es tan intricada que un extranjero no puede discernirla. Todos aquí están de acuerdo con la proposición de que precisamos el apoyo de otros. Nuestra sociedad abunda en personas y agencias benéficas. Al parecer, los japoneses de Okinawa aconsejan este sentimiento de apoyo hasta los huesos.

La reunión que tenemos aquí. claro, tiene un propósito común. Estamos aquí por comer, beber, charlar, tramitar asuntos del club y escuchar mi discurso. A lo mejor la versión en Okinawa es algo diferente.

Los círculos conectivos son un misterio. Se supone que los socios se conectan a cada uno en un estilo íntimo desconocido en el Oeste.

Es probable que estos arreglos de Okinawa lleven a cabo una declaración del famoso psicólogo americano William James que a fines del siglo XIX declaró que el principio más profundo de relaciones humanas es el ansia de sentirse importante. El dijo ansia y no deseo visto que es un sentimiento profundo. En otras palabras todos necesitan la aceptación de sus prójimos. En verdad pocos quieren hacerse importantes como una estrella del cine, un grande político, o lo que sea.

En un libro titulado “Haciendo Nuevos Amigos en 90 Segundos” el autor retrata su manera de conocer a alguien no sólo con palabras sino también con gestos sutiles o inferencias psicológicas. Además aconseja que todos busquen nuevos compañeros, eso es, gente adicional. No debemos estar contentos con el círculo presente. Se reconoce que para viejos la búsqueda de amigos a veces es difícil, pero hay que hacer el esfuerzo.

Al pensar en las tres “Emes” vale notar una broma de un doctor que aseveró que las mujeres viven por más tiempo que los hombres a cause de su propensión de ir de compras. Piensen Uds un minuto. Las compras exigen caminatas largas resultando en ejercicio así como mucha actividad cerebral que estimula la mente. El buen doctor no incluye la mezcla o sociabilidad que ocurre de vez en cuando al conversar con dependientes de tiendas.

Al fin de este discurso presentado en Terrell, Texas hace años, un joven sabiondo se acercó y exclamó, “Además de las tres “Emes” ya mencionadas, tengo una cuarta para las mujeres. “Es Master Card.”

Uds con gracia han escuchado mis opiniones sobre los mayores de edad, sus vejaciones, las bendiciones de gratitud, y finalmente las funciones de las tres “Emes”, a saber, músculo, mente y mezcla, que pueden mejorar los años avanzados. Les dejo con el comentario de un viejo a cuyos cumpleaños de 99 años asistía. Al salir le dí un apretón de manos y le dije, “Espero volver el año entrante cuando celebre sus 100 años.” Me miró y dijo, “No sé por qué no. Ud luce buena salud en mi opinión.

Preparado en 2006 y 2007

 


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